Buscando la luz
En la primera línea de la manifestación marchan los gremialistas. Detrás, como una vieja bandera deshilachada, un pedazo de pueblo acompaña en silencio. En las aceras crece el rumor: algunos ríen con ironía y nervio; a otros el miedo les arrebató la ilusión, la sonrisa, todo.
La Sociedad Anónima dueña del frigorífico, aludiendo una quiebra poco creíble, había dejado ciento veinte funcionarios sin empleo. Era demasiado para un poblado pequeño con escasas, casi nulas fuentes de trabajo. De una forma u otra, todos se vieron perjudicados y en apenas seis meses, la gente se hundió en la depresión y la miseria. Los obreros, asesorados por el sindicato, formaron una cooperativa y propusieron reabrir. Negociaron una posible auditoria y pidieron una reunión con los propietarios de la firma, quienes jamás se habían dado a conocer y se los suponía fuera del país desde siempre. Éstos, por alguna razón desconocida, querían la empresa cerrada y como suele suceder, comenzaron a funcionar los engranajes de la burocracia y la corrupción. Fueron en vano los encuentros con diferentes sectores del gobierno: “Existe voluntad política”, manifestaban, “pero hay temas legales que por ahora hacen imposible la reapertura”. Los delegados que viajaban a la capital volvían con una decepción que se expandía rápido: del quiosco a la panadería, del almacén al bar. Hacía más de quince años que el frigorífico se había consolidado, era el pulmón del pueblo. El sorpresivo cierre desmoronó las estructuras económicas y sociales transformando aquel próspero lugar en un sitio sin aliento.
Como puedo, voy combatiendo el proceso desestabilizador que avasallaba sin piedad. Organizo beneficios y ollas populares con el apoyo de la junta local, presento completos informes a diferentes organismos y organizaciones con la intención de obtener recursos de cualquier tipo, pido ayuda a la Iglesia. Nada es suficiente. Animando a los gremialistas, acompañándolos en la cotidianidad, me siento uno de ellos. Nos reunimos en casa: a matear y discutir, a tomar un vino e indignarnos por no encontrar la salida y descubrir que somos esclavos del poder. Muchos me conocen y aprecian. Dicen que me gustan las mujeres y que no soy alcahuete del obispo. Por éstos y otros motivos, hace nueve años me trasladaron aquí, lugar donde encontré mi verdadera misión, encarnando el evangelio como cuchillo afilado. Ahora mismo, mientras camino en medio de ésta marcha, encuentro los rostros que siempre amé. Por primera vez, el pueblo se volcó a la calle cansado de promesas y mentiras, llamó a los medios capitalinos y avanza ante la mirada incrédula de los que aún no se atreven. Algunos hombres llevan puestos sus uniformes blancos, manchados de sangre seca; gesto rudo que exige clemencia. Las mujeres con sus niños forman un ejercito inocente que clama justicia.
Comienza a lloviznar. A mi lado va Julia, seria y bella. Su rostro rebelde invita a la lucha. El pelo suelto cae sobre sus hombros y acaricia su cuello. Era una de las empleadas del frigorífico. Ahora remienda ropa, trabaja la tierra, ayuda en el comedor, pelea. Aprieto la Biblia que llevo en la mano izquierda y busco el sol entre las nubes.
Monseñor está molesto y me lo ha dicho. Cuestiona irregularidades en la celebración de los sacramentos, mis ausencias en las reuniones de presbiterio y los reiterados encuentros con anarquistas y “otros” en la casa de Dios. Me exige evangelizar sin perder tiempo en luchas que, según él, no me corresponden. ¿Qué debo hacer Señor?
Llueve. La manifestación comenzó frente a la parroquia recorriendo todos los barrios. Tímidamente se fue nutriendo de vecinos que en forma espontánea abrazaron la causa común. La marcha se extiende y todos somos uno en ésta diversidad que nos hace cómplices. Pese al clima, la sensación es estimulante. El silencio inicial se transformó en un rumor de esperanza, y éste en un canto revolucionario. Julia comienza a sonreír y me invade la ternura.
Llegamos finalmente al frigorífico. Un gremialista leerá la proclama y habrá tiempo para que “el cura” diga lo suyo. Sin comprenderlo demasiado la emoción nos envuelve a todos. Pero: ¿Qué logramos? Tal vez sólo caminar juntos. ¿ Y de mi qué quieres Señor?
Detrás del edificio abandonado, el sol se abre paso entre oscuros nubarrones. Veo al pueblo de pie, Julia se agacha para besar a un niño; entonces abrazo la Biblia y sonrío en paz.
Luis Fernández.
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